¡Libertad! ¡Libertad! ¡Igualdad!

Este año ha sido declarado por el Poder Ejecutivo de la República Argentina como el “Año del Bicentenario de la Asamblea General Constituyente de 1813”. Asimismo, una ley del Congreso de la Nación estableció como feriado extraordinario el 31 de enero de 2013 con el fin de conmemorar el comienzo de las sesiones de dicha asamblea.

Según los considerandos del decreto correspondiente, dicha asamblea “introdujo profundos cambios políticos y sociales” que fueron puestos de manifiesto “a través de una incipiente tarea legislativa, ratificando su vocación de independencia, libertad e igualdad, plasmada en el dictado de numerosas disposiciones fundamentales”.

Entre las medidas de alcance social, estuvieron la prohibición de la tortura y la derogación de todo servicio personal de los pueblos indígenas (i.e. la mita, la encomienda y el yanaconazgo). Asimismo, se declaró la libertad de vientres, es decir, la libertad de los hijos de las esclavas nacidos después del 31 de enero de 1813. De esta forma, se reconocían a todos los hombres el derecho inalienable a la libertad y la igualdad.

Para nosotros los evangélicos, recordar la labor de la Asamblea del Año XIII tiene también una significación muy profunda. Si bien ella volvió a abrazar a la religión católica como culto oficial del Estado y se declaró heredera del patronato eclesiástico que antes ejercía el Rey de España por medio de sus virreyes, la labor de la Asamblea marcó un punto de inflexión en la concesión creciente por parte del Estado de una mayor tolerancia y libertad religiosa para los protestantes.

Primeramente, la Asamblea estableció una forma elemental de tolerancia que consistía en “la prohibición de perseguir a los individuos por su opiniones privadas en materia de religión”. Si bien no garantizaba la práctica de otros cultos no-católicos, “admitía, como criterio general, común a todos los habitantes, la existencia de un espacio privado donde reinaba la libertad de opinión, lo cual constituyó el primer reconocimiento oficial de esta índole.”

Segundo, al aprobar uno de los proyectos del Triunvirato presentados para promover la actividad minera local, la Asamblea, por ley del 7 de mayo de 1813, declaró que "Ningún extranjero emprendedor de trabajos de minas o dueños de ingenios, ni sus criados, domésticos o dependientes serán incomodados por materia de religión, siempre que respeten el orden público; y podrán adorar a Dios dentro de sus casas privadamente según sus costumbres.” Esto ofreció ciertas garantías religiosas a los protestantes extranjeros que arribaban a nuestras costas.

Finalmente, la Asamblea del Año XIII declaró extinguida la jurisdicción del Tribunal de la Santa Inquisición de Lima sobre todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, con lo que en forma simbólica se reconocía cierto espacio para la libertad de conciencia.

La Asamblea del Año XIII abrió así el camino hacia una tolerancia y libertad religiosa creciente, de la que hoy podemos disfrutar con amplias garantías constitucionales.

Sin embargo, el camino no ha sido fácil y aun resta transitar un largo trayecto, ya que queda sin resolver el reclamo histórico de los evangélicos por una “ley de igualdad religiosa” que contemple la derogación de privilegios y el fin de toda discriminación administrativa del Estado en su relación con las comunidades evangélicas.

Las iglesias locales hemos sido llamadas a trabajar, hoy más que nunca, en la generación de estos cambios, ya que la búsqueda de la igualdad de todos los hombres, la libertad de conciencia y la tolerancia religiosa conforman la esencia de nuestra propia identidad protestante.

Escrito por Martin Scharenberg para la Revista de IPSA de próxima publicación.

Tres heterodoxos en el Taragüí

El autor de este interesante trabajo es el Profesor Horacio Rubén Falcón. Fue originalmente presentado y publicado por el Noveno Congreso de Historia de la Provincia de Corrientes. Agradecemos su generosa autorización para incluirlo en nuestro blog. ¡Gracias Horacio!

Introducción
El estudio de la historia en la actualidad está abandonando su impronta clásica del análisis del hecho político-militar. Nuevas realidades del pasado se abren ante nosotros para comprender mejor los procesos pretéritos. Una de estas es el aspecto religioso. En nuestro país es un área relativamente nueva comenzada en los años noventa, con historiadores como Amoldo Canclini, Roberto Di Stefano o Susana Bianchi, entre otros. No es que antes no existiera nada, el mérito de esta nueva historiografía es la de separar la teología de la historia. sin que ésta sea un desprendimiento necesario de aquella.
El protestantismo en nuestra provincia es un tema poco desarrollado todavía y lo que intento con este trabajo es remarcar algunos tópicos necesarios para su estudio. Es por ello que tomo tres momentos de la historia correntina, que se relacionan con tres personajes conocidos en la historia protestante nacional.
Traté además de explicar muy sintéticamente la coyuntura jurídica y social de cada momento. Espacialmente solo abordo la ciudad de Corrientes.
Finalmente, la pretensión de este trabajo es la de enriquecer no solo la historia del protestantismo correntino sino también enriquecer la historia de nuestra ciudad.

Somos reformados…¡y católicos!

En nuestras iglesias confesamos nuestra fe, nuestra fe más esencial, a través de la recitación comunitaria de los credos. El Credo de los Apóstoles es para todos nosotros símbolo de unidad con todos los creyentes que expresan una misma fe sincera. Juntos decimos: “Creo en la santa iglesia católica”. Otro de nuestros credos, el Niceno, agrega que la iglesia es también “una”, “santa” y “apostólica”.

En nuestros países existe una tendencia generalizada a reemplazar la palabra “católica”, por palabras más “evangélicamente correctas” como “universal” o “cristiana”. Esto no debería ser así, pues contribuye a abandonar una de las características irrenunciables de la iglesia: su catolicidad.

Calvino y los ginebrinos: un buen ejemplo a seguir...

En la visión del reformador Juan Calvino (1509-1564), todos los niños tienen un derecho fundamental a la educación. Es por ello que desde su llegada a Ginebra, Calvino se esforzó en promover ante el Consejo General de la ciudad, una legislación pionera sobre este tema. Este sueño se transformó realidad el 21 de mayo de 1536. En ese día, y por primera vez en la historia europea, un estado declaró obligatoria la educación de nivel básico, y para los niños pobres, también la declaró gratuita. El antiguo Colegio de Ginebra fue reorganizado, pero la falta de personal y de instalaciones adecuadas, hizo que recién en 1559 se cumpliera finalmente con la apertura del nuevo edificio de Saint-Antoine. En la nueva escuela, e inspirada en lo que Calvino había podido ver en Estrasburgo (de la mano de Juan Sturm y los Hermanos de la Vida Común), los estudiantes se dividieron en grados según su nivel; el paso de un año a otro se lograba aprobando exámenes; y los mejores alumnos eran premiados en una ceremonia anual de graduación, que pronto se convertiría en una verdadera fiesta para toda la ciudad. Uno de sus maestros, Corderius (Mathurin Cordier, 1480-1564), fue un verdadero pedagogo de la incentivación y del esfuerzo personal. También fue un duro crítico del castigo corporal (muy generalizado en aquella época). Abrió así las puertas de una “escuela a la vida”, generando una nueva pedagogía. El establecimiento del Colegio y la Academia (teológica) bajo un mismo techo también favoreció el regreso desde el exilio de los mejores maestros de Lausana. Uno de ellos, Teodoro de Beza (1509-1605), fue su primer rector, y logró el rápido reconocimiento de la excelencia del Colegio. Ya para el año 1566 (dos años después de la muerte de Calvino), el Colegio tenía unos dos mil estudiantes. Albergó a los hijos de príncipes, nobles, grandes burgueses, pastores, y ciudadanos comunes. Allí se formaron aquellos jóvenes en temas bíblicos, las letras clásicas, la piedad cristiana, el gobierno civil, y el ministerio pastoral. En verano, las clases comenzaban a las 6 de la mañana, y en invierno, a las siete. Si consideramos el tiempo dedicado a la catequesis, los sermones y las tareas escolares, eran tantas las actividades que hasta el propio Teodoro de Beza se quejaba de que a pesar de sus oraciones, ¡no tenía fuerzas suficientes para trabajar más de catorce horas al día! Todos los niños, aún los huérfanos y abandonados, tenían el derecho de asistir al Colegio de Ginebra. De igual manera, el Hospital General, fundado en 1535, y bajo la nueva legislación de las ordenanzas eclesiásticas de 1541, también tenía bajo su responsabilidad el cuidado integral de estos niños desamparados. El hospital era un verdadero promotor de la seguridad social de todos los ciudadanos. Los pobres y enfermos eran socorridos en sus propios domicilios, como así también en el edificio del antiguo convento de Sainte-Clare. De esta forma todas las instituciones de la ciudad se ocupaban con un mismo espíritu del inválido, del huérfano, de la viuda, y de los ancianos, y ninguna necesidad de asistencia quedaba desatendida. Se procuraba asimismo devolver la dignidad de estos hombres, mujeres y niños, buscándoles trabajo y promoviendo su reinserción en la sociedad a través de una capacitación laboral. Tomado de Föllmi, Dominique (ed.). “L’Independance et la Réforme”. Ginebra: Departamento de Instrucción Pública, 1986, pp. 78-79. Traducción libre de Martin Scharenberg.