El mensaje de Génesis (#5): La historia de Noé

En la última edición de la revista pudimos ver que las profundas consecuencias del pecado de Adán habían corrompido totalmente las relaciones del hombre con su Dios, con sus hermanos y consigo mismo. También vimos que a través de las siguientes generaciones, esta corrupción había crecido exponencialmente a niveles intolerables. La la relación del hombre con la creación había sido también afectada, y ya parecía que no existía esperanza para la humanidad. ¡Hasta Dios mismo había expresado que se arrepentía de haber creado al ser humano! (Genesis 6:7).

El conocido relato del Noe y el diluvio fue la respuesta de Dios ante esta situación, al ver “que la tierra estaba corrompida y llena de violencia” (6:11), por lo que se había decidido a “acabar con toda la gente, pues por causa de ella la tierra está llena de violencia”. Su juicio era final y tenía consecuencias cósmicas: “voy a destruir a la gente junto con la tierra”. (6:13)

El relato del diluvio tiene cierto paralelismo con el relato de creación de Génesis 1. A partir de un caos inicial (¡ciertamente esto lo era!) Dios promete un nuevo orden y recrear una nueva humanidad. Y esta nueva humanidad tiene a Noé como su figura paradigmática, pues recordemos que Noé “contaba con el favor del Señor”, y era “un hombre justo y honrado entre su gente...siempre anduvo fielmente con Dios.” (6:9) Por lo tanto, la virtud ejemplar que se exalta en Noé fue su obediencia y fidelidad a Dios.

Al comenzar la historia, vemos que Noé recibe la orden de construir el arca. Los detalles de su construcción son importantes, pero lo que más nos debería interesar es su propósito: “para que sobrevivan” (6:19). ¿Para que sobrevivan quiénes? Para que sobreviva un “remanente”. El ser parte del remanente de la humanidad no fue fruto de los propios méritos de Noe y su familia, sino que Dios prometió salvación a través de la simiente (3.15), por lo que Dios siempre preservará un remanente para sí. No porque los merezcamos, sino porque su honor asi lo demanda.

No nos vamos a adentrar en la conocida historia del diluvio en sí, pero resulta conveniente aquí recordar que existen evidencias de diluvios locales en toda la región de Mesopotamia que podrían confirmar la existencia de un diluvio universal como el de Noé. Un documento antiquísimo, como La Lista Real Sumeria sugiere que habría ocurrido unos 3000 años antes de Cristo.

En 8:1 dice el texto que “Dios se acordó entonces de Noé y de todos los animales”. Es entonces que hizo soplar un viento fuerte y las aguas comenzaron a bajar. Noé “tenía seiscientos años cuando las aguas se secaron” (8:13).

Pasado el diluvio, Noe decide espontáneamente construir un altar y ofrecer allí un holocausto a Dios (v.20), el que produjo un aroma que fue considerado como “grato” por Dios, quien en un diálogo retórico, se dijo a sí mismo: “Aunque las intenciones del ser humano son perversas desde su juventud, nunca más volveré a maldecir la tierra por culpa suya. Tampoco volveré a destruir a todos los seres vivientes, como acabo de hacerlo. (v.21)

Este sacrificio nos debe recordar el sistema sacrificial del libro de Levítico y focalizar nuestra atención en que la verdadera adoración es aquella que se ofrece en obediencia.

Dios le entregó a Noé y su familia esta promesa: ¡Que sean fecundos! ¡Que se multipliquen y llenen la tierra!” (8:17; 9:1; 9:7). Sin dudas, esta promesa nos muestra un cierto paralelismo con las promesas dadas al hombre en la creación (1:28). Coincide en que además les prometió dominio sobre “las aves, las bestias salvajes, los animales que se arrastran por el suelo, y los peces del mar.” (9:2) Una diferencia con la bendición de Genesis 1 es que aquí agrega que la carne también, junto con los vegetales, les servirían de ahora en más como alimento. (9:3)

La clave de la historia radica en que el Señor renueva su pacto con la humanidad y le ofrece lo que teologicamente se conoce como la “gracia común”. Esta es una gracia que recibimos inmerecidamente, y todos la recibimos (seamos creyentes o no). Todos los hombres hemos recibido la gracia de la imagen de Dios (Genesis 1.26-27) y la gracia de la vida misma (Hechos 17.28).

Estos dos conceptos (imagen de Dios y vida) conforman la esencia de nuestra ética bíblica en cuanto a los derechos humanos, cuando dice que “si alguien derrama la sangre de un ser humano, otro ser humano derramará la suya, porque el ser humano ha sido creado a imagen de Dios mismo.” Con esto no quiere decir que Dios aprueba la pena de muerte (¡nada está más alejado del pensamiento de Dios!), sino que se establece el valor supremo de todo ser humano, simplemente por el hecho de haber sido creados por Dios a su imagen y semejanza, y por haber recibido de él el regalo de la vida.

Así queda establecido un nuevo orden. Como confirmación visible de estas promesas, Dios colocó el arco iris en las nubes, para así acordarse del pacto establecido con la humanidad. (9:12-17)

La historia del patriarca finaliza con un incidente muy triste, cuando tras embriagarse Noé expone toda su desnudez (9:21) lo que prefigura una transgresión al precepto de la vergüenza (Exodo 20.26) y el castigo por la embriaguez y desnudez (Lamentaciones 4:21-22).

Esto provocó el pecado de Cam quien incidentalmente había entrado en su tienda. No sabemos cuál fue precisamente el pecado de Cam, pero podemos inferir que se trató de una trasgresión al mandamiento de honrar a los padres, que era punible de muerte (Levitico 20.9). La maldición sobre sobre la descendencia de Cam (Genesis 9:23-27) se genera en una situación similar a la de Adán en Genesis 3:6 y a la de Caín en Génesis 4:8.

La maldición recayó en Canaan, su nieto, del que instruyó sería esclavo de sus propios hermanos Sem y Jafet, a quienes simultáneamente da una bendición especial. Posiblemente esto ocurrió porque el pecado de Cam anticipaba de alguna forma el pecado de los cananeos (el pueblo originario de Palestina), quienes eran conocidos por su abierta inmoralidad (Levítico 18.3)

Para finalizar, la nueva era inaugurada por la historia de Noé y el diluvio estableció un nuevo orden. Y este es precisamente el mensaje que Moisés, como autor del Génesis, quería dar a sus contemporáneos. Recordemos pues que el pueblo de Israel en tiempos de Moisés había dejado la esclavitud en Egipto (el viejo orden) y con el éxodo, se dio comienzo a una nueva historia (el nuevo orden).

Dios utilizó a Noé para redimir a la humanidad de la violencia, y crear así un nuevo orden, una nueva humanidad en un mundo renovado. Dios nos ofrece hoy, por medio de Jesucristo, el ser transformados, y formar parte de su nueva creación. Por lo tanto, ¡qué hermoso desafío que tenemos por delante! Pidamos a Dios que nos guie para ser partícipes y generadores de cambio en nuestras comunidades y en nuestra cultura!

Autor: M. Scharenberg (originalmente publicado en la revista IPSA Nro 6/2010)

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